Relato : Tripoli Express #3

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Ariel, nuestro correspondiente en Líbano, dividió en 4 artículos su ultima fascinante aventura en las tierras de Beyrouth. Aquí va el penúltimo capitulo de Tripoli Express.

Arriba franceses, nos levantamos! Eso es lo que pude entender de los gritos matutinos del hombre que guardaba mi celda. Me levantaba de golpe, junto a mis amigos Antoine y Karim, estábamos impacientes por salir. El guardia abrió la puerta de rejas y nos escoltó por todo el pasillo.
No estaba soñando  : era efectivamente la luz del día que iluminaba el centro de detención, entonces habíamos pasado la noche aquí, ya había pasado. Me empujaron hacia una pequeña oficina donde no había casi nada, sino un hombre, uno nuevo, que estaba delante de dos artefactos misteriosos. Me hizo sentarme y empezó un nuevo interrogatorio, y fui entonces entendiendo las funciones de las dos maquinas  : una sirvió para grabar las huellas de mis retinas oculares, la otra para digitalizar cada uno de mis dedos.
Las autoridades libanesas tenían ahora mas información sobre mi persona que la que tenía mi propio país.
Después del interrogatorio, me devolvieron mis pertenencias, pero no me apuraba para encender mi teléfono. Salí del centro de detención. Era un domingo por la mañana cálido, seco y con sol.  Dos guardias que había visto el día anterior habían decidido ser simpáticos. Me ofrecieron café y cigarrillos, y me preguntaron si me gustaba Líbano. Su pregunta me hizo reír, me estiré mucho, probando el aire exterior como si había sido detenido una vida entera.
Me decía a mi mismo que ese mañana dominical se parecía a la peor resaca de mi vida, y que  solo había visto, por suerte, una parte ínfima del horror carcelario.

Sin decir nada, saludaba a los padres de Antoine y Karim. No buscaba entender por qué o como habíamos sido liberados, la única cosa que me importaba era volver a encontrar mi cuarto en Beyrouth. Subía en el coche de los padres de Antoine y me llevaron a mi casa. Durante la hora del trayecto, nadie dijo nada. Encendí mi móvil nadie se había preocupado por mí. Visto desde afuera, mi sábado por la noche había sido uno como cualquier otra, había podido hacer cualquier cosa.
Mejor. Estaba demasiado agotado para explicar mis desventuras a quien sea. Además, todavía no había salido del estado casi meditativo en el cual la noche me había dejado. Había logrado conseguido el sueno, pero solo para tener sueños demasiado lucidos y relacionados con mi arresto. El peor de ellos, la verdadera pesadilla, es en el que veía soldados hacer mis maletas y llevarme al aeropuerto de Beyrouth. Me puse a reír nerviosamente cuando pensé en ese sueño. Como no había fumado ni un porro la noche anterior, no solo había dormido mal, pero además había hecho sueños en profusión.

Intentaba pasar un domingo tranquilo, como si no hubiese pasado nada. Pero durante la tarde, mi teléfono no paro de sonar. Mis colegas de trabajo, mi familia, mi jefe: todo me llamaban para saber si estaba bien y lo que había pasado. Pero como sabían ? No entendía nada. Descubrí progresivamente que durante la noche del sábado, los padres de mis amigos, preocupados por la ausencia de sus hijos y de que nuestros móviles estén apagados, había lanzado un orden de búsqueda por Líbano. Había pensado que habíamos podido estar bloqueados en una avalancha durante nuestra excursión por la montaña, o víctimas de un accidente de coche. Habían conducido por el país entero para encontrarnos. Una foto de los tres subida a Instagram por Karim empezó a dar vueltas por las redes sociales. Recibí capturas de pantalla de artículos escritos en arabe con mi cabeza en la foto. Me habían avisado: Líbano es un mundo pequeño, todo el mundo se conoce. Hasta tuve la suerte de ver, en un gran diario del país, un artículo que me mencionaba a través de mis iniciales.

Ese mismo día después, llegaba a las oficinas donde trabajaba donde me recibieron con un pasillo de honor, entre risas y aplausos. “Viviste Líbano al cien por cien ! Más que nosotros !” me dijeron mis colegas (soy el único extranjero en esa empresa). Nadie trabajo esa mañana : el relato de mi aventura detrás de las rejas de Tripoli ocupo la atención de todos. Esa historia era antes de todo aberrante, y así mismo fácilmente cómica. Pero el buen humor y la excitación general fueron interrumpidas por una llamada de Antoine. “Tenemos que volver a Tripoli. Tenían que hacernos un test de orina y se olvidaron” Me fui inmediatamente de mi oficina con unas fuertes ganas de vomitar. La peor resaca de mi vida parecía no haber terminado del todo.

 

Ariel

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